Todos las naciones tienen entre su panteón de hombres ilustres una figura militar constituyente de su identidad como pueblo y de su independencia respecto a los poderes extranjeros. No faltan ejemplos en el mundo hispánico: desde El Cid en la edad media a San Martín o Bolívar en la época contemporánea.
En la Plaza de Gwanghwamun frente al Palacio Real nos encontramos los monumentos a los dos pilares de la nación coreana. A un lado el Rey Sejong como originador de la identidad cultural nacional a través del alfabeto hangul, al otro la imponente figura del Almirante Yi Sun Sin espada en mano vigilando la integridad de la patria.
La figura del gran héroe militar del imaginario coreano ha dado lugar a innumerables creaciones artísticas: desde libros, poemarios épicos, estatuas y memoriales por toda la península hasta el reciente drama de la KBS “El inmortal Yi SunSin” (horrible, ni se os ocurra verlo) y, motivo de esta entrada, el film que ha arrasado este año en la cartelera, Myeongryang.
También conocida como The Admiral, Roaring Currents, y con el título original de 명량, ha sido sin duda la película del año. Desde su estreno en verano ha roto todos los récords rozando actualmente los 18 millones de espectadores y con una recaudación que supera ya los 115 ₩ billones (casi 120 $ millones).
En estos momentos se encuentra en distribución en los USA y próximamente en Europa aunque es de esperar que se limiten a las salas especializadas en VO pues el gran gancho del film es una historia que fuera de Corea no es apenas conocida.
En los libros de historia naval suele compararse a Yi Sun Sin con Horatio Nelson como los cánones de la excelencia bélica en el mar, pero nuestro Almirante es mucho más que un simple militar.
Nacido en 1545 en plena dinastía Joseon tuvo la mala fortuna de prestar sus servicios a uno de los peores monarcas de dicha era, el rey SeonJo era un escolástico que apenas se pudo manejar entre las corruptelas de una corte que apenas veía más allá de los muros del palacio. Yi Sun Sin era de origen humilde y empezó su carrera militar desde abajo; sin dinero ni relaciones con la nobleza su destino hubiese sido no pasar de simple sub-oficial si no fuese por destacar rápidamente entre sus superiores como un táctico de gran altura y, sobre todo, un líder y estratega de talla histórica.
Durante su mandato como comandante de la región sur fue de los primeros en darse cuenta que el conflicto bélico con Japón era inevitable y que el ejército Joseón debía prepararse para defender la península. Recuperó un antiguo diseño en desuso (el famosísimo barco tortuga) y desarrolló innovaciones en artillería naval orientadas al combate a distancia versus las táctica de asalto y abordaje que practicaba la armada japonesa. Del mismo modo los espías nipones hicieron saber al archipiélago que Yi Sun Sin era el único que se interponía en el camino de la conquista.
Estos hechos se narran en el reciente drama “Gu Family Book” (mezclados con una historia de fantasía mítica, pero muy real en cuanto a la ambientación histórica) y dieron lugar a todo tipo de intrigas para apartar a nuestro héroe del mando.
Tras el desembarco del ejército del Shogun, el éxito de la invasión japonesa dependía del sostenimiento de las líneas de suministro marítimas desde Japón y el almirante Yi Sun Sin no hacía más que derrotar una y otra vez a la armada nipona, 33 batallas libró contra los invasores y 33 veces los derrotó. Sabiendo que era imposible derrotar a este genio por la fuerza, Japón optó por la vía de la traición. Los espías japoneses lograron que fuese encarcelado, torturado y degradado a soldado raso por oponerse a un despliegue naval que él creía una trampa, y así era, la gran flota de casi 200 navíos de guerra que había pacientemente construído durante años fue despedazada por los japoneses en la Batalla de Chilchon al mando de un incompetente noble.
El rey Seonjo, dándose cuenta del error volvió a darle el mando y le ordenó que diese por perdido el mar y se centrará en la lucha en tierra pues de su potente flota apenas quedaban una docena de barcos. La mente estratega del Almirante no podía renunciar a controlar las rutas marítimas pues sabía que eran la clave para repeler a los invasores y mantener la puerta abierta a que sus aliados en China pudiesen llegar a apoyar el esfuerzo bélico.
Con su merecidísima dotación buscó un lugar entre el laberinto de islas y estrechos del sur de la península un lugar donde emboscar a la armada japonesa y ese era el estrecho de Myeongryang, un canal de apenas unos cientos de metros de anchura sometido a unas tremendas corrientes mareales de más de 10 nudos que se invierten 4 veces al día con remolinos, arrecifes y bajíos y que suponía un peligro para un navegante desconocedor del lugar y una ventaja enorme para una escuadra que jugaba en casa. De hecho el nombre local “Ul Domok” en coreano viene a significar “aguas rugientes” más o menos y aún hoy en día es un espectáculo digno de ver. En primavera, con las mareas vivas, en la bajamar se abre un puente terrestre durante unas pocas horas entre las islas de Jindo y Modo (la partición de las aguas del Mar Rojo de Moisés pero en versión coreana) que ha dado lugar a un festival que atrae a cientos de miles de personas, pero ese festival y la leyenda de la Abuela BBong y el Tigre las contaremos otro día.
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